CHINA: POTENCIA ECONÓMICA, TECNOLÓGICA Y CIVILIZATORIA DEL SIGLO XXI — PARTE 15
Y la primera respuesta debe ser terminante: fue el papa Francisco quien autorizó y llevó adelante el acuerdo.
Francisco lo renovó en 2020, nuevamente en 2022 y, el 22 de octubre de 2024, autorizó una renovación mucho más extensa: cuatro años, hasta octubre de 2028.
León XIV, por tanto, no creó este acuerdo ni negoció su arquitectura original. Lo heredó de Francisco. Sin embargo, desde su llegada al pontificado ha decidido continuar aplicándolo. Durante 2025 y 2026 aprobó nuevos nombramientos episcopales chinos dentro de su marco. Por lo tanto, la política iniciada bajo Francisco continúa actualmente bajo León XIV.
Pero ¿qué entregó realmente Roma a Pekín?
Aquí hay que distinguir los hechos documentados de las afirmaciones que han circulado durante años.
El texto completo del acuerdo permanece confidencial. La Santa Sede afirma reiteradamente que se refiere exclusivamente al procedimiento para el nombramiento de obispos católicos en China. Sabemos públicamente que las autoridades chinas participan en la selección o propuesta de candidatos y que el Papa conserva, al menos formalmente, la decisión final.
Francisco realizó además una concesión eclesiástica importante en 2018: readmitió en plena comunión con Roma a siete obispos que habían sido ordenados sin mandato pontificio y levantó las sanciones canónicas existentes.
Era una cuestión enorme. Desde los años cincuenta coexistían en China una Iglesia reconocida por el Estado, vinculada a la Asociación Patriótica Católica China, y comunidades clandestinas que permanecían directamente fieles a Roma y que durante décadas habían soportado persecución precisamente por esa fidelidad.
El objetivo del Vaticano fue intentar cerrar esa fractura. El precio fue aceptar que Pekín participara de una cuestión que históricamente Roma considera esencial: quién puede convertirse en obispo católico.
Pero existen límites muy importantes a lo que podemos afirmar.
No hay evidencia pública que permita sostener que Francisco haya firmado un acuerdo autorizando al Partido Comunista Chino a modificar la Biblia católica, alterar doctrinalmente la misa o reemplazar imágenes de Jesucristo y la Virgen María por retratos de Xi Jinping.
Esas cuestiones pertenecen a otro fenómeno: la política de “sinización de las religiones” impulsada por Xi Jinping desde 2016.
Y ahí sí aparece una realidad mucho más dura.
Para el Partido Comunista Chino, una religión admitida en China debe adaptarse no solamente a la cultura china, sino también al orden político socialista y a la supremacía del Partido. En el caso católico, organizaciones oficiales publicaron planes que reclaman que doctrinas, administración, rituales y arte religioso desarrollen “características chinas” compatibles con la sociedad socialista.
Esto ha significado educación ideológica del clero, supervisión estatal, restricciones sobre publicaciones religiosas, vigilancia de comunidades, presión sobre sacerdotes clandestinos y exigencias de patriotismo político.
También existen numerosos informes sobre eliminación de cruces, introducción de propaganda del Partido en lugares religiosos y colocación de imágenes o consignas de Xi Jinping. Se han denunciado igualmente casos en los que imágenes cristianas fueron retiradas o desplazadas por retratos de dirigentes comunistas.
Pero debemos ser rigurosos: no todos esos casos corresponden específicamente a altares católicos y varios provienen de comunidades protestantes, iglesias locales o incluso hogares particulares. Por eso sería incorrecto afirmar que el Vaticano aceptó contractualmente “sustituir a Jesucristo por Xi Jinping”.
La realidad es más inquietante precisamente porque es diferente: Pekín desarrolla su política de sinización por autoridad propia, independientemente de que Roma la haya aceptado o no.
Algo parecido ocurre con la Biblia.
Las autoridades chinas han restringido la distribución de material religioso no autorizado y promueven interpretaciones de las religiones compatibles con los llamados “valores socialistas centrales”. También han existido proyectos y propuestas dentro del aparato religioso oficial para reinterpretar textos y enseñanzas cristianas desde una perspectiva china y socialista.
Pero no existe evidencia verificable de una “nueva Biblia católica” modificada por el PCCh y posteriormente aprobada por el Vaticano como consecuencia del acuerdo de 2018.
La distinción es fundamental: una cosa es la presión ideológica de Pekín sobre el cristianismo chino y otra muy distinta sería una autorización doctrinal formal de Roma.
EL CARDENAL JOSEPH ZEN: LA GRAN VOZ CONTRA EL ACUERDO
El cardenal al que nos referíamos no se apellida Zeng, sino Joseph Zen Ze-kiun, obispo emérito de Hong Kong y probablemente el crítico católico chino más conocido de la estrategia vaticana hacia Pekín.
Zen sostiene desde hace años que Roma entregó demasiado a cambio de demasiado poco.
En febrero de 2020 estuvo en Washington, donde se reunió con dirigentes del Congreso estadounidense y posteriormente concedió una entrevista en la que resumió brutalmente su posición: el Vaticano había “perdido todo” y “no había conseguido nada”.
Su preocupación fundamental era la Iglesia clandestina.
Para Zen, los hombres y mujeres que durante décadas rechazaron someterse a la Asociación Patriótica precisamente para permanecer fieles al Papa terminaron siendo presionados después del acuerdo para incorporarse a una estructura religiosa reconocida y supervisada por el mismo Estado que los había perseguido.
Desde esta perspectiva, el acuerdo produjo una paradoja dolorosa: quienes habían soportado persecución por fidelidad a Roma podían interpretar ahora que la propia Roma les pedía buscar acomodo dentro del sistema oficial.
Zen llegó a considerar esta política una posible sentencia de muerte para la Iglesia clandestina.
Y los acontecimientos posteriores no eliminaron esas dudas. Pekín ha realizado nombramientos o traslados episcopales unilateralmente en distintas ocasiones, provocando protestas del Vaticano, que posteriormente terminó regularizando algunas de aquellas decisiones.
Esto muestra la verdadera asimetría de la negociación: Roma dispone de autoridad religiosa; Pekín controla físicamente el territorio, las instituciones, los registros legales y las condiciones bajo las cuales los católicos pueden ejercer públicamente su religión.
LEÓN XIV: CONTINUIDAD, PERO CON UN PROBLEMA HEREDADO
León XIV recibió este expediente ya cerrado jurídicamente hasta 2028 por la renovación aprobada por Francisco en octubre de 2024.
Hasta ahora ha optado por la continuidad. Ha aprobado candidatos episcopales dentro del mecanismo acordado y durante 2026 continuaron produciéndose ordenaciones de obispos bajo ese marco.
Por lo tanto, sería incorrecto responsabilizar a León XIV por la creación del pacto. El arquitecto pontificio de la política que finalmente permitió la firma fue Francisco, aunque las negociaciones habían comenzado mucho antes y el propio Vaticano ha señalado que Juan Pablo II y Benedicto XVI también buscaron vías de entendimiento con Pekín.
La responsabilidad histórica de León XIV empieza en otro lugar: decidir qué hacer con el acuerdo que heredó.
Y esa decisión será especialmente importante porque Human Rights Watch sostuvo en abril de 2026 que, casi ocho años después del pacto, los católicos chinos seguían enfrentando un incremento del control ideológico, vigilancia y presión sobre las comunidades clandestinas."
CONCLUSIÓN ESTRATÉGICA
-El acuerdo entre el Vaticano y China no demuestra que Roma haya autorizado al Partido Comunista a reescribir la Biblia o sustituir a Jesucristo por Xi Jinping. Afirmarlo excedería la evidencia disponible. Pero el problema real quizá sea todavía más profundo.
El Vaticano aceptó negociar la autoridad episcopal con un Estado que considera que ninguna organización importante puede existir en China completamente fuera de la supervisión del Partido Comunista. Roma creyó que un acuerdo limitado permitiría preservar la sucesión apostólica, reunificar a los católicos chinos y abrir lentamente espacios de convivencia. Xi Jinping parece haber interpretado esa apertura de otra manera: como una oportunidad para integrar progresivamente al catolicismo dentro del sistema de control religioso del Estado.
Francisco apostó por el diálogo incluso aceptando concesiones importantes. León XIV heredó esa apuesta y, hasta ahora, ha decidido mantenerla.
La pregunta histórica todavía permanece abierta: ¿logró el Vaticano introducir una pequeña puerta de Roma dentro del sistema chino, o fue Pekín quien consiguió introducir al Partido Comunista dentro de una parte decisiva de la Iglesia católica china?
La respuesta probablemente no estará en los comunicados diplomáticos. Estará en saber, dentro de algunos años, a quién obedecen realmente los obispos chinos cuando los intereses de Roma y Pekín entren directamente en conflicto.-
Análisis realizado por CHATGPT (OpenAI). Fuentes: Reuters, “Vatican and China extend deal over Catholic bishop appointments” (22 de octubre de 2024); The Washington Post, artículo del cardenal Joseph Zen sobre la política del Vaticano hacia China (6 de diciembre de 2019); Oficina de Prensa de la Santa Sede, comunicado sobre el Acuerdo Provisional entre la Santa Sede y la República Popular China (22 de septiembre de 2018); Human Rights Watch, informes y análisis sobre libertad religiosa, vigilancia estatal y situación de los católicos en China (2026).
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